BIBLIOTECAS, SOCIEDAD Y ESTADO


  • Relação entre as bibliotecas, as ações dos profissionais que nelas atuam e o estado.

EL PARADIGMA PÚBLICO DE LA BIBLIOTECA PÚBLICA - XXXI

En el México decimonónico la biblioteca como institución de servicio público comenzó a formularse como una política social y cultural de Estado, aunque con grandes dificultades. De modo que paulatinamente se fue generando una tendencia dual en el siglo XIX: 1] la biblioteca con finalidad social bajo el poder de las políticas liberales, y 2] la biblioteca como mecanismo de apoyo para la instrucción pública. La concepción de la institución bibliotecaria de uso público se fue adoptando así como el modelo modernizador de la administración pública del país, aunque cuesta arriba. Si es que el entorno social, político, ideológico y cultural en que se desenvolvió la Biblioteca Palafoxiana durante ese siglo se caracterizaría por encontrar la forma para convertirse en un organismo relacionado con lo público y el público. ¿Hasta qué grado se logró esta configuración durante las primeras décadas de vida republicana? Para responder a esta pregunta, continuemos distinguiendo algunos antecedentes político-culturales que debieron impregnar el ambiente de esa biblioteca poblana en aquel tiempo.  

 

El carácter  público en torno al servicio de biblioteca fue una preocupación que continuó perdurando y madurando a lo largo del siglo XIX. En efecto, la postura liberal, forjada en política de Estado, manifestó la estrecha relación entre «biblioteca pública e instrucción pública». La libertad de pensamiento debía abatir el fanatismo y el privilegio que había engendrado, con el apoyo de las bibliotecas clericales, la educación colonial para beneficio de los predominantes grupos sociales. Los impresos y las prácticas lectoras podían ser eficaces motores para construir una sociedad civilizada, pero para tal efecto se tenían que producir ciertos cambios políticos, sociales y culturales, tales como: transitar de la condición de analfabetos a la de lectores; pasar de la biblioteca al servicio de unos cuantos a la biblioteca al servicio para todos; virar de la biblioteca privada a la biblioteca pública. En fin, transformaciones para dejar atrás al súbdito y así dar la bienvenida al ciudadano en una atmósfera no represiva hacia la lectura pública. Vázquez (1987, p. 93) al respecto asevera: “Contra quienes pretendían mantener lejos del pueblo la luz que abriera en su inteligencia nuevos horizontes, los liberales propusieron una ilustración racional, dotada de mecanismos que la apoyasen. Uno de ellos era la biblioteca pública”. Por lo que en esos años se aspiró a construir, con el apoyo de la educación básica y de la prensa política, una ciudadanía instruida. Ignacio Manuel Altamirano (1834-1893), abogado, escritor, periodista, maestro y político liberal mexicano, fue explícito al escribir:

 

Nosotros consagramos nuestra admiración y nuestra alabanza particularmente a la instrucción, porque creemos que ella dará grandeza a la república, que más que sabios, necesita ciudadanos que sepan leer y escribir. Todo puede tenerse al mismo tiempo; pero los ciudadanos de un gobierno ilustrado y de los ciudadanos en general deben dedicarse con preferencia a la instrucción primaria, base de la civilización y de la libertad (Altamirano, 2011, p. 188).

 

Es tiempo ya de que la república busque su mejor apoyo en la instrucción popular. Lo periódicos políticos mismos pueden desempeñar bien su misión, consagrando, como El Filopolita [destinado a las clases populares de Jalisco], parte de sus columnas, a enseñar cuáles son los derechos del pueblo; haciéndose esto en un estilo metódico, sencillo, claro y fácil, la ciencia política estará a la altura de todas las inteligencias, y llegará a ser en nuestro país lo que en los Estados Unidos, no un secreto cuya clave sólo posean unos cuantos sacerdotes, sino una doctrina impresa, como la ley natural, en la conciencia de todos los ciudadanos (Altamirano, 2011, p. 406).

 

Ante la escasez de bibliotecas públicas en la república mexicana en el siglo XIX, como infiere Monsiváis (2011, p. 13), Altamirano tuvo la convicción de que los órganos políticos de prensa podían y debían “propagar la instrucción y la moralidad en el pueblo”, por lo que meridianamente aseveró: “En nuestros días hacen falta, una gran falta, porque los pobres que carecen de medios para adquirir libros de enseñanza, fácilmente pueden pagar un periódico pequeño en que vayan recibiendo poco a poco las más importantes nociones” (Altamirano, 2011, p. 405). Naturalmente que los periódicos de corte liberal como El Siglo XIX, El Monitor Republicano, El Federalista, La Tribuna, La Patria, El Diario del  Hogar, La Libertad, El Imparcial y otros que constituyen “una amplia bibliografía sobre un sinnúmero de periódicos liberales de todas las épocas y la geografía mexicana” (Pérez-Rayón, 2005, p. 146), publicados principalmente en la segunda mitad del siglo XIX, habrían sido integrados a las colecciones de algunas bibliotecas “públicas”, como la Palafoxiana que a falta de nuevas adquisiciones de libros, criticó en 1869 Altamirano (2011, p. 462) “apenas le llega uno que otro periódico político”; por esto aquellos centros bibliotecarios, incluida la Biblioteca Nacional de México, continuó señalando quien ocupara el puesto de bibliotecario en el Instituto Literario de Toluca, “no pueden ofrecer al curioso ni regulares colecciones de obras mexicanas”. Tampoco impresos apropiados a las necesidades sociales de la población lectora. Esta nos da motivo para poner en entredicho la «utilidad pública» de las bibliotecas novohispanas que nacionalizó el gobierno republicano durante el siglo XIX, concretamente el de la biblioteca poblana en cuestión.

 

El factor social de «utilidad» de los acervos de la Biblioteca Palafoxiana, como el de todas las bibliotecas clericales novohispanas que pasaron a manos del Estado después de 1859, ha sido cuestionado en razón de la naturaleza religiosa que históricamente han caracterizado a esas colecciones bibliográficas. Acerca de esto Altamirano afirmaría que los fondos de esa biblioteca poblana están formados principalmente por “obras místicas de poca utilidad” (Altamirano, 2011, p. 461). Este punto de vista coincide en cierto modo con otro parecer, el de Iguíniz (1913, p. 296): “La falta de obras modernas y de actualidad es motivo más que suficiente para que el número de lectores se reduzca a la fecha a uno que otro aficionado a los estudios clásicos y a las antigüedades…”. Sobre el mismo tenor, otro autor del siglo XX reafirmaría décadas más tarde: “De esta suerte se ha formado a través de los años esta tan rica pero desgraciadamente tan poco utilizada biblioteca, real orgullo de Puebla” (Torre, 1953, p. 666). Estas observaciones ponen en evidencia la nula «utilidad pública» con respecto a gran parte de la Biblioteca Palafoxiana, pues el beneficio público simplemente no floreció tampoco en el México independiente en concordancia con el papel que debió cumplir si en realidad hubiese sido, como dicen que fue, “la primera biblioteca pública” de la Nueva España y del continente americano (Frías, 1983, p. 259; Fernández, 2001, p. 17; Fernández, 2011, p. 146). El factor social de cualquier biblioteca abierta a todo el público se pondera a través del aprovechamiento de sus acervos que logran los diversos grupos sociales que los utilizan. Esa Biblioteca, en virtud de todo lo expresado en nuestro análisis, no alcanza, desde diferentes puntos de vista históricos, sociales, políticos y culturales, el estatus de biblioteca pública.  

 

A lo anterior es pertinente añadir el «factor represivo» en torno a la práctica de la lectura que predominó tanto en tiempos de la colonia como en las primeras décadas de la nación mexicana independiente. Al respecto se asevera:

 

Las restricciones para los que sabían leer, que fueron los menos durante el Virreinato, provenían de las disposiciones de las Leyes de Indias y de la vigilancia que sobre las lecturas ejerció el Tribunal del Santo Oficio.

Esta acción represiva hacia la lectura se heredó y se mantuvo, por lo menos, en las primeras tres décadas del México independiente (Perales, 2000, p. 19).  

 

Es decir, casi hasta mediados del siglo XIX el poder eclesiástico continuó practicando la censura, no obstante que aquel Tribunal había dejado de existir entre mayo y junio de 1820 y los planteamientos por la libertad de imprenta habían comenzado a suscitarse. Si es que la censura eclesiástica, el arma predilecta del clero que obstaculizó gravemente la libertad de leer hasta afectar su propio trabajo bibliotecario, como el realizado en la Biblioteca Palafoxiana, continuo haciendo estragos en el México independiente hasta mediados de esa centuria. Esto constituyó un reto para las autoridades civiles si consideramos que los tiempos “de convertir al Estado en brazo armado al servicio de la Iglesia había pasado a la historia” (Staples, 1988, p. 114). Uno de los frentes de lucha ideológica entre conservadores y liberales fue precisamente para que así sucediera. La desazón por la lectura de libros prohibidos, por lo que no se debía leer a juicio de los representantes de la Iglesia católica debía superarse para abrir paso a la apremiante necesidad por lo que se debía leer. Así que la libertad de prensa tenía que ir de la mano con la libertad de lectura. Derechos políticos en torno de los que las bibliotecas no se mantuvieron al margen de la mira de algunos hombres que creyeron que la relación lectura-biblioteca tenía que ser parte integral de la cultura de la población mexicana.         

 

Referencias

 

Altamirano, Ignacio Manuel. (2011). Las fiestas de septiembre en México y Puebla. Obras completas VII: crónicas 1. 2ª ed. México: Secretaría de Educación Pública. pp. 398-441

 

Fernández de Zamora, Rosa María. (2001). Las bibliotecas públicas en México: historia, concepto y realidad. En Memoria del Primer encuentro internacional sobre bibliotecas públicas. Perspectivas en México para el siglo XXI. Ciudad de México, del 24 al 28 de septiembre de 2001. México: CONACULTA, Dirección General de Bibliotecas. pp. 13-33

 

--------------. (2011). Don Juan de Palafox y Mendoza, promotor del libre acceso a la información en el siglo XVII novohispano. Investigación Bibliotecológica. 25 (54): 141-157

 

Frías, Martha Alicia. (1983). La biblioteca de Nueva España. Anuario de Bibliotecología. Época IV, Año 4. pp. 233-278

 

Iguíniz, Juan B. (1913). La Biblioteca Palafoxiana de Puebla. Anales del Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnología. No. 5, pp. 289-300.

 

Monsiváis, Carlos. (2011). Ignacio Ramírez Altamirano, cronista. En Obras completas [de] Ignacio Manuel Altamirano, VII: crónicas 1. 2ª ed. México: Secretaría de Educación Pública. pp. 9-30 

 

Perales Ojeda, Alicia. (2000). Las asociaciones literarias mexicanas. 2ª ed. México: Universidad Nacional Autónoma de México.

 

Pérez-Rayón, Nora. (2005). La prensa liberal en la segunda mitad del siglo XIX. En Belem Clark de Lara, Elisa Speckman Guerra, eds.. La República de las letras: asomos a la cultura escrita del México decimonónico. v. II. Publicaciones periódicas y otros impresos. México: Universidad Nacional Autónoma de México. pp. 145-158

 

Staples, Anne. (1988). La lectura y los lectores en los primeros años de vida independiente. En Historia de la lectura en México: Seminario de Historia de la Educación en México. México: Ediciones del Ermitaño: El Colegio de México. pp.94-126

 

Torre Villar, Ernesto de la. (1953). La biblioteca de los colegios. En Notas para una historia de la instrucción pública en Puebla de los Ángeles. Estudios históricos americanos: homenaje a Silvio Zavala. México: El Colegio de México. pp. 565-684

 

Vázquez Mantecón, Carmen. (1987). Las bibliotecas en México: 1850-1880. En Carmen Vázquez Mantecón, Alfonso Flamenco Ramírez y Carlos Herrero Bervera. Las bibliotecas mexicanas del siglo XIX. México: SEP, Dirección General de Bibliotecas. pp. 69-190


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FELIPE MENESES TELLO

Cursó la Licenciatura en Bibliotecología y la Maestría en Bibliotecología en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Doctor en Bibliotecología y Estudios de la Información por la (UNAM). Actualmente es profesor definitivo de asignatura en el Colegio de Bibliotecología de la Facultad de Filosofía y Letras de UNAM. En la licenciatura imparte las cátedras «Fundamentos de Servicios de Información« y «Servicios Bibliotecarios y de Información» con una perspectiva social y política. Asimismo, imparte en el programa de la Maestría en Bibliotecología y Estudios de la Información de esa facultad el seminario «Servicios Bibliotecarios para Comunidades Multiculturales». Es coordinador de la Biblioteca del Instituto de Matemáticas de esa universidad y fundador del Círculo de Estudios sobre Bibliotecología Política y Social (2000-2008) y fue responsable del Correo BiblioPolítico que publicó en varias listas de discusión entre 2000-2010. Creó y administra la página «Ateneo de Bibliotecología Social y Política» en Facebook.