BIBLIOTECAS, SOCIEDAD Y ESTADO


  • Relação entre as bibliotecas, as ações dos profissionais que nelas atuam e o estado.

LENIN: IVÁN VASÍLIEVICH BÁBUSHKIN, UN OBRERO DE VANGUARDIA Y ORGANIZADOR DE BIBLIOTECAS (SEGUNDA PARTE)

Y así siguió siendo en años posteriores, pues Lenin en junio de 1913 escribió al respecto:

“Si ven que está escrito «Biblioteca Popular», pueden alegrarse. Les darán allí un folleto barato, y quizá gratis, editado por la Unión del Pueblo Ruso o por el Club de los Nacionalistas de toda Rusia, que ha pasado por la inspección sanitaria de la censura clerical” (Lenin, 1975, p. 37).

En este sentido, Lenin criticó sarcástica y mordazmente la política de las clases dominantes rusas en relación con las masas, que consistía en crear instituciones con productos de la más baja calidad para satisfacer supuestamente sus necesidades culturales y personales, y publicar libros nimios para el pueblo, especialmente seleccionados para bibliotecas populares, militares y de otros tipos. Asimismo, revela la manipulación y el control que ejercía el aparato estatal y las instituciones religiosas sobre la educación y la cultura popular en la Rusia zarista. Lenin nos da a entender que lo que se presentaba como una "Biblioteca Popular" no era más que un mecanismo para ofrecer a las masas contenidos superficiales, ideológicamente controlados y filtrados por los intereses de las instituciones conservadoras de esos tiempos. Al señalar que los folletos que allí se distribuían podían ser de bajo precio o gratuitos, Lenin subraya que esas instituciones bibliotecarias “para el pueblo” pretendían comercializar y banalizar la cultura al convertirla en un instrumento de consumo y adoctrinamiento disfrazado de educación popular. La referencia a que hayan pasado por la "inspección sanitaria de la censura clerical", implica que los contenidos estaban sometidos a un filtro de censura, diseñado para privilegiar las ideas conservadoras del poder eclesiástico, reducir el acceso a la información de carácter revolucionario (publicaciones socialdemócratas legales) y evitar así la generación de pensamiento crítico que pudiese inspirar cambios sociales o cuestionar el orden establecido. Por ende, denunciaría que el objetivo de las "Bibliotecas Populares" en la Rusia zarista no era educar ni ayudar a liberar a la clase trabajadora, sino controlar la información con la intención deliberada de limitar su pensamiento. Bibliotecas que servían más para sostener y legitimar el poder imperial, clerical y nacionalista que para promover una cultura auténtica y emancipadora. Cabe añadir que la Unión del Pueblo Ruso (Союз русского народа) fue un partido político nacionalista de extrema derecha leal, el más ultrarreaccionario y pogromista entre las organizaciones políticas monárquicas del Imperio ruso entre 1905 y 1917.

Más allá de la crítica ideológica, Iván Vasílievich Bábushkin también denunció concretamente las condiciones materiales, la miseria de los acervos de las bibliotecas públicas: pocas obras, selección pobre, dificultad para acceder al libro deseado. Esa escasez no solo era práctica, sino también simbólica, pues evidenciaba el desprecio del sistema zarista por la formación del pueblo. Frente a eso, la figura de V. Dadonov, como supuesto elemento de la intelectualidad oficial o funcionariado liberal— figura como un sujeto insolente que culpaba a los obreros por no leer, sin ver (o fingiendo no ver) que el problema no estaba en ellos, sino en el sistema de exclusión institucionalizado. Es más, Bábushkin rompe con la imagen del obrero pasivo, con el modelo del trabajador impasible, neutral, inculto y desinformado, y nos presenta al lector proletario clandestino: el trabajador que, sabiendo que no encontrará nada útil en la biblioteca oficial, participa en torno a un patrimonio colectivo de lecturas prohibidas por el régimen. Colección bibliográfica alternativa y secreta a la que los obreros tenían pleno acceso, con una cantidad menor de libros, pero cuidadosamente seleccionados para ser leídos individual y colectivamente. Esa “biblioteca secreta” no era solo un espacio físico, sino un acto de resistencia cultural y política. Leer, en aquel contexto caracterizado por una férrea censura, era una forma de subversión, por lo que organizar bibliotecas obreras clandestinas equivalió a construir conciencia de clase en un escenario de resistencia cultural obrera. Aquellas bibliotecas clandestinas obreras serían, en muchos casos, los gérmenes de la cultura revolucionaria soviética que más tarde impulsaron Lenin, Krúpskaya, Lunacharski y otros revolucionarios del proletariado.

Placa conmemorativa en la pared del edificio de administración de la Planta Nevsky, instalada en honor al obrero bolchevique Iván Bábushkin. Foto: RIA Novosti / Alexey Varfolomeyev

 

Se puede decir que la deliberación de Bábushkin nos conduce a una comprensión radical de la lucha cultural que se entabló en la Rusia zarista. Es decir, la batalla por el saber no se libraba solo en las fábricas o en las manifestaciones callejeras, sino también mediante el acceso a los libros y el uso de los servicios bibliotecarios. Bábushkin desenmascararía la función de las instituciones bibliotecarias gubernamentales o afines a éstas como estructuras ideológicas del Estado, pero también revelaría cómo los trabajadores no se limitaron a denunciarlas, sino que construyeron espacios alternativos de lectura, estudio y politización. En ese sentido, el testimonio de Iván Vasílievich Bábushkin es clave para comprender el papel que la información organizada, los libros seleccionados en los estantes y el hábito de la lectura, en cuanto a elementos de contra-saber, desempeñaron un papel relevante en la gestación de la revolución. En ese entonces, las bibliotecas al margen del sector oficial no fueron un ornamento, sino herramientas de formación política y liberación durante la recia lucha de clases. Y no olvidemos, Bábushkin en ese contexto revolucionario sobresalió como organizador de ese tipo de bibliotecas, trabajo que reconoció Lenin y otros camaradas suyos.

Por el otro, la polémica de Bábushkin muestra la existencia de una estructura cultural profundamente clasista, en la que los libros útiles —científicos, filosóficos, históricos, políticos— eran sistemáticamente restringidos o invisibilizados para los sectores populares. Las bibliotecas públicas y fabriles al desarrollar colecciones con libros de nulo interés para los trabajadores, el objetivo de la selección de materiales de lectura era aplacar las mentes del proletariado. Esta crítica constituye, por tanto, una acusación a la violencia simbólica ejercida desde las instituciones bibliotecarias oficiales y de organizaciones sindicales, asociaciones, iglesias, etcétera. Frente a este escenario, los revolucionarios rusos —incluido Lenin— reconocieron que la transformación política en Rusia no podía avanzar sin una revolución cultural profunda, la cual exigía una trascendental organización de la información. Así, la crítica de Bábushkin a las bibliotecas del zarismo anticipa con claridad lo que luego sería uno de los ejes del proyecto bolchevique: la reapropiación de la información y el conocimiento como relevantes recursos de emancipación proletaria. Sin duda, la denuncia de aquel revolucionario profesional sigue teniendo vigencia, pues pone de relieve cómo el control del saber y la obstrucción para acceder a la lectura han sido históricamente procesos y mecanismos de dominación, y cómo su democratización ha sido, es y será condición necesaria para cualquier movimiento revolucionario radical y duradero.

El proyecto revolucionario de Lenin aspiraba a crear un individuo colectivo, informado, educado e ilustrado en los principios del socialismo en general y del marxismo en particular. Un pueblo dedicado a la construcción de una sociedad socialista. Por ende, los libros que versaban sobre mandamientos divinos y ética burguesa, según el juicio de Bábushkin, no eran los apropiados, sino que la clase trabajadora necesitaba libros que apoyaran su formación política y social; fondos bibliográficos que orientaran su pensamiento y acción con el propósito de fundar el partido y la conformación de un nuevo régimen de Estado. Libros que promovieran valores individualistas, burgueses o basados en la fe, eran vistos como recursos en contraposición a la moral revolucionaria que en esos tiempos se estaba forjando. Desde esta perspectiva, aquel líder obrero escribió en nombre del proletariado: “Solo quienes quieren volverse tontos pueden leer libros religiosos y morales, pero nosotros sinceramente no lo deseamos” (Бабушкин, 1925a, p. 174). En este contexto, "volverse tontos" no se refiere a una falta de inteligencia en el sentido convencional, sino a un estado de alienación ideológica. Desde la óptica de Bábushkin, una persona "tonta" era aquella que leía libros para o por: 1] permanecer anclada en el pasado, es decir, aferrándose a creencias y valores que el movimiento revolucionario socialista consideraba obsoletos y perjudiciales; 2] carecer de conciencia de clase al no comprender la lucha histórica entre el proletariado y la burguesía y 3] asumir actitudes irracionales y supersticiosas al aceptar dogmas religiosos en lugar de leer libros sobre materialismo histórico y dialéctico. El uso del pronombre "nosotros" es clave. Este "nosotros" se refiere a los constructores de la nueva sociedad socialista: a] el proletariado consciente, b] los dirigentes del partido y c] la vanguardia revolucionaria.

Al afirmar "sinceramente no lo deseamos", aquel obrero ilustrado estableció una clara distinción entre el grupo de vanguardia, que se considera a sí mismo ilustrado y progresista, y aquellos que permanecían sumidos en la "tontería" del viejo mundo, enajenados por leer libros de moral religiosa. La frase, por lo tanto, no es solo una crítica, sino también una afirmación de identidad y propósito. Así, las palabras de Bábushkin pueden interpretarse como una declaración de principios por parte de un revolucionario profesional; como un rechazo frontal a las bases ideológicas del antiguo régimen y una exhortación a abrazar una nueva forma de pensar y de vivir, fundamentada en la razón, la ciencia y la moral socialista. La lectura de textos religiosos y morales tradicionales se presenta en el pensamiento de Bábushkin como un acto de autolesión de ignorancia, un obstáculo para alcanzar la emancipación intelectual, política y social del proletariado. En este marco, comprendió que los "libros religiosos" no eran simplemente textos espirituales, sino herramientas de adoctrinamiento de la clase dominante (la burguesía, la aristocracia, el clero) que, desde la perspectiva marxista, mantenían al pueblo en la ignorancia y obstaculizaban el progreso hacia una sociedad basada en la razón y el materialismo científico.

Iván Vasílievich Bábushkin

 

Siguiendo la defensa sobre la dignidad intelectual de la clase obrera urbana, el camarada Bábushkin complementó su crítica, dirigida a V. Dadonov, con una propuesta concreta sobre el acceso a la información para la clase trabajadora en la Rusia zarista. Su observación no es una simple opinión sobre el funcionamiento de las bibliotecas, es un argumento político que desmantela las actitudes paternalistas de la época y aboga por el empoderamiento y la autonomía intelectual del proletariado. Al respecto, escribió:

“Para afirmar que los obreros son indiferentes al conocimiento y no quieren leer nada, es necesario abrir una biblioteca en Ivánovo-Voznesensk con no menos de 25.000 volúmenes, y no a partir de catálogos ministeriales o, peor aún, catálogos de las bibliotecas de las sociedades de templanza, sino a partir de la elección de los lectores, para que no vean al obrero como un ser inferior y para que [Fiódor Mijáilovich] Reshétnikov no sea separado de los obreros como un libro prohibido; entonces, el deseo de conocimiento de los obreros será visible.” (Бабушкин, 1925a, p. 175)

Tengamos en cuenta que la ciudad Ivánovo-Voznesensk era conocida como la "Manchester rusa" por su masiva industria textil. De este sobrenombre se origina el título del ofensivo artículo de Dadonov: “El manchester ruso” y que Bábushkin se encargaría de contradecir con clara crítica fundamentada. En esa urbe los obreros y sus familias vivían en condiciones precarias. Más aún, eran vistos con una mezcla de temor y condescendencia por las élites y el gobierno. De tal modo que la educación, la alfabetización y la lectura que se les ofrecía estaban estrictamente controladas, diseñadas para crear trabajadores dóciles y leales al zar, no para fomentar el pensamiento crítico. Si es que la aseveración común de la clase dominante referente a que los trabajadores de ese centro fabril no tenían un interés genuino por el conocimiento, aquel líder obrero la rechazó categóricamente, pues argumentaría que no era por falta de deseo, interés y necesidad, sino por falta de oportunidades en relación con el acceso a las bibliotecas, inadecuadamente administradas en cuanto a la selección de libros. Adujo que la supuesta "indiferencia" era, en realidad, un resultado directo de un sistema que les negaba el acceso a un conocimiento relevante y liberador. Bábushkin refutó dos principales fuentes de lectura que entonces existían para los trabajadores, revelando su verdadera función de control social: 1] los “catálogos ministeriales”, refiriéndose con estas palabras a las colecciones de libros que aprobaba el Ministerio de Educación del Imperio Ruso, mostraban que las bibliotecas oficiales eran severamente censuradas con el fin de promover una visión conservadora, nacionalista y religiosa del mundo, omitiendo cualquier texto que pudiera despertar la conciencia social o política del proletariado; y 2] las “bibliotecas de las sociedades de templanza”, organizaciones que ostensiblemente estaban dedicadas a combatir el alcoholismo, ofrecían una literatura con una carga moralizante muy específica, por lo que eran bibliotecas colmadas de libros edificantes y relatos simplistas que trataban al obrero como a un niño al que había que corregir, no como a un adulto capaz de generar pensamientos complejos. Ambos tipos de bibliotecas funcionaban bajo la premisa de que "el obrero es un ser inferior" al que se tenía que guiar y proteger de ideas "peligrosas".

Constituyendo el núcleo de su argumento, no cabe duda que la solución que propuso aquel obrero fue radicalmente revolucionaria para su tiempo. Esto es, crear una biblioteca digna y respetable para los trabajadores (no una pequeña sala con libros de dudosa calidad y enajenantes) y la cual tuviese “no menos de 25.000 volúmenes”, indicaba un compromiso cultural real con la información y el conocimiento al servicio de la clase trabajadora. Más aún, una biblioteca que desarrollara sus colecciones con base en “la elección de los lectores” y no con una selección de materiales de lectura impuesta burocráticamente desde arriba; una biblioteca con un catálogo que respondiera a las necesidades e intereses sociales de los propios trabajadores. En consecuencia, la sugestión tenía un alto grado revolucionario, pues apuntaba a una demanda de autodeterminación intelectual en materia de lectura individual y colectiva. Implicaba confiar en que los obreros sabían qué requerían leer. Incluir libros de autores de la talla Fiódor Reshétnikov, significaba incluir en los acervos de esa biblioteca ideal libros que tratasen el sobrecogedor ambiente obrero, la vida de la gente común, de los pobres y desfavorecidos. Libros que las autoridades zaristas consideraban subversivos. Prohibir lecturas como las de ese autor que vinculaba la experiencia vivida de los trabajadores, era una manera de ocultar la cruda realidad de opresión y explotación de los obreros. En este sentido, Bábushkin exigió incluir el derecho a leer sobre sí mismos para que lograsen concientizarse sobre la adversa condición social en que se hallaban. Sus palabras finales, "entonces, el deseo de conocimiento de los obreros será visible", es la culminación del argumento. El deseo de leer del obrero no necesitaba en esos tiempos ser creado porque ya existía, estaba latente, pero invisible porque el sistema lo ahogaba activamente con censura, condescendencia y libros irrelevantes. De tal modo que la cita de Bábushkin es un alegato que argumenta que el verdadero acceso al conocimiento no consiste en dar a los trabajadores lo que las élites creen que deben leer, sino en proporcionar los recursos y la libertad para que exploren el mundo por sí mismos. Fue así una defensa en torno a la dignidad intelectual del obrero y una imputación directa contra un sistema que, bajo el pretexto de educar, en realidad se dedicaba sistemáticamente a controlar la difusión de las ideas que no eran afines a las políticas de un Estado déspota.

Aquel “Obrero entre los obreros” (Рабочий из рабочи.), palabras con las que rubricó su artículo “En defensa de los trabajadores de Ivánovo-Voznesensk”, no pasó por alto el problema de la información que contenían los periódicos de la época. Para entender la crítica, en relación con la prensa de la Rusia de 1900, es pertinente recordar que el Imperio Ruso era una autocracia bajo el zar Nicolás II, forma de gobierno que se distinguía por practicar una estricta censura en el marco de una creciente clase obrera industrial que vivían en condiciones de extrema pobreza. Bábushkin en ese contexto denunciaría que la prensa funcionaba como un mecanismo de la clase hegemónica para desinformar al proletariado. A su juicio, no existía una prensa legal asequible y veraz para los trabajadores, sino periódicos anodinos o baladíes que servían únicamente para humillar, confundir, falsear y reforzar la idea de que los obreros eran sujetos analfabetos, incultos, desinformados, indiferentes al mundo de la información periodística, del acontecer cotidiano. De tal modo que el reproche de aquel obrero de vanguardia fue, en esencia, un llamado a la necesidad de fundar una prensa obrera y revolucionaria, la cual debía estar disponible en las bibliotecas clandestinas, pues en las bibliotecas oficiales era prácticamente imposible dar cabida a la prensa prohibida por la censura estatal. En virtud de esa realidad, las publicaciones que promovían abiertamente la conciencia de clase y el movimiento revolucionario eran ilegales, por lo que solamente circulaban de forma encubierta o subrepticia. Leamos su apreciación:

Y permítame preguntarle, Sr. Dadonov,¿qué se ha hecho por nosotros en cuanto a periódicos? ¿Existe al menos un periódico decente? Y si lo hay, ¿es asequible para los trabajadores de Ivánovo-Voznesensk? Los trabajadores suscritos a los periódicos, ¿pueden obtener algo decente de ellos? ¡No! Y hasta ahora no hay esperanza de conseguir un periódico decente que ofrezca al trabajador algo honesto, que diga la verdad directamente, sin vergüenza. Periódicos como "Svet" solo logran humillar y engañar a los trabajadores; "Birzhevye Vedomosti" también intenta demostrar que los trabajadores son ignorantes….” (Бабушкин, 1925a, p. 175)

En tiempos de Nicolás II, la prensa legal estaba controlada por dos grandes fuerzas: 1] el complejo aparato del Estado y los grupos conservadores, quienes promovían la lealtad al zar, el privilegio de la Iglesia y la defensa del orden establecido; y 2] los intereses económicos de la burguesía, los cuales reflejaban la visión de los dueños (fabricantes y financistas) de los medios de producción. Situación nada rara en el sistema social capitalista hasta el día de hoy. Lo escrito por Iván Vasílievich Bábushkin infiere el problema de los periódicos al servicio del gobierno zarista y los grupos de poder social, económico e ideológico. La pregunta expresa, "¿qué se ha hecho por nosotros en cuanto a periódicos?", evidencia un tono de abandono y confrontación. El "nosotros" define a los trabajadores como una clase unida con intereses distintos a los del resto de la sociedad. Luego, cuestionaría si un periódico "decente" es asequible, señalando la barrera económica que impedía a los obreros de bajos salarios acceder a la información. Incluso si hubiesen podido comprarlo, el contenido no les ofrecía nada de valor, nada digno y fiable para ellos. El quid sensible de la crítica de Bábushkin es el anhelo de "un periódico decente que ofrezca al trabajador algo honesto, que diga la verdad directamente, sin vergüenza”. Esta es una demanda de reconocimiento y validación en el sentido que los trabajadores no necesitaban una prensa falaz, sino un medio de información que reflejara su realidad, sus luchas y aspiraciones, sin filtros ni distorsiones. La "vergüenza" indica la autocensura o al miedo de la prensa a desafiar al poder. Como se puede observar, Bábushkin no se limitó en tratar generalidades, sino que mencionó en concreto títulos de periódicos que tenían como principal objetivo desinformar a las masas trabajadoras, y de señalarlas como iletradas.

Cabe mencionar que Svet (Свет, "Luz") era un periódico conservador, monárquico y nacionalista. Su táctica era "humillar y engañar" a la gente de a sueldo. Lo hacía a través del paternalismo, presentando al zar como un "padre" benevolente y a los trabajadores que protestaban como niños ingratos o agentes extranjeros, promoviendo entre las clases subalternas la sumisión como una virtud. Birzhevye Vedomosti (Биржевые ведомости, "Gaceta de la Bolsa") era un periódico liberal-burgués que enfocaba el mundo capitalista de la economía y las finanzas. Su encuadre era el de los industriales, empresarios, comerciantes, terratenientes y banqueros, apoyados por la aristocracia, la Corona y la Iglesia. Al deducir “que los trabajadores son ignorantes", Bábushkin se refería a que los artículos publicados enmarcaban las huelgas y las demandas de mejores salarios como irracionales, económicamente perjudiciales y producto de la ignorancia de los obreros sobre cómo debía funcionar la "verdadera" economía. Desde esta arista, el diagnóstico expuesto sobre el panorama mediático zarista por aquel revolucionario autodidacta, fue devastador. Coligió que aquella prensa en manos de los grupos opresores y explotadores no era un pilar neutral de la sociedad en general y de la clase trabajadora en particular, sino un declarado campo ideológico de batalla en el que había que participar con recursos propios de los trabajadores. Así, al no contar con una voz informativa que representara al proletariado, la única conclusión lógica para la vanguardia revolucionaria era que los trabajadores crearan su propia prensa. Esta situación fue precisamente lo que motivó la creación y distribución de periódicos clandestinos como Iskra (Искра, "La Chispa"), que buscaban ofrecer exactamente lo que Bábushkin exigía: una voz honesta para una clase trabajadora que estaba siendo sistemáticamente silenciada, ofendida y engañada. En el grupo directivo de ese rotativo figuró en primera instancia Lenin.

 

 

 

La crítica aguda de aquel obrero en el movimiento revolucionario de avanzada la centró con mayor énfasis en torno a la censura de la lectura. El núcleo del argumento es que la práctica de prohibir libros no logró sofocar el interés intelectual del trabajador. Por el contrario, este impedimento impulsó activamente la producción de literatura ilegal y, como se sabe, la creación de bibliotecas clandestinas. No obstante, en virtud de la escasez de literatura socialdemócrata, la oferta de materiales vedados superaba con creces la demanda entre la clase trabajadora. Esto demostraba que el interés por el conocimiento era tan fuerte que los trabajadores estaban dispuestos a enfrentar los riesgos para acceder a los impresos vedados. Desde esta arista, aquel intelectual obrero aseveró:

“Resulta que el trabajador ruso no tiene oportunidad de desarrollarse mediante la censura, y por lo tanto, se inclina voluntariamente a lograrlo por medios no censurados. Así, resulta que, dondequiera que aparezca literatura ilegal, en cualquier cantidad, sigue habiendo una gran escasez; los trabajadores la leen, se interesan por ella, la ocultan, aunque todo esto conlleva grandes inconvenientes y, a menudo, es peligroso para el individuo.” (Бабушкин, 1925a, p. 176)

Esto recalca de manera contundente el carácter contradictorio de la censura llevada a cabo por las estructuras de dominación política en la Rusia zarista. La imposibilidad de acceder a una literatura libre de restricciones gubernamentales, impedía a los trabajadores desarrollarse intelectual y culturalmente por las vías tradicionales que ofrecía el gobierno autócrata. Sin embargo, esa misma limitación generó una inclinación voluntaria hacia la incubación y búsqueda de fuentes alternativas de conocimiento, en particular hacia la literatura ilegal y, por ende, clandestina. En ese contexto, el férreo control, impuesto por los diferentes mecanismos de censura, no logró sofocar la necesidad inevitable de ir configurando una ilustración obrera, sino que la intensificó, al conferirle un matiz de apremio y resistencia. Iván Vasílievich Bábushkin acentuó así el contrasentido de la circulación clandestina de ideas: aunque la literatura prohibida se encontraba en condiciones de escasez material, su valor simbólico y formativo aumentaba. Los trabajadores no solo la leían con avidez, sino que también desarrollaron prácticas para protegerla y ocultarla frente a la persecución estatal. Tales acciones implicaban riesgos individuales significativos, pero al mismo tiempo reforzaban las relaciones de apoyo, organización y compromiso colectivo en torno al desenvolvimiento de una cultura revolucionaria.

En consecuencia, la afirmación expresada permite comprender cómo la censura, lejos de neutralizar la formación de una conciencia crítica en el proletariado, actuó como catalizador para generar politización obrera. Es decir, el acceso a textos clandestinos se convirtió en una forma de resistencia cultural que vinculó la lectura con la acción política, contribuyendo a la constitución de una esfera cultural subterránea en la que se gestaron no solo las bases ideológicas del movimiento revolucionario ruso, sino la formación de más obreros de vanguardia. De tal suerte que la formación ideológica del proletariado se reforzaría mediante la estrecha relación que se suscitó entre «lectura prohibida, biblioteca clandestina y acción revolucionaria». No bastó el sistemático intento del zarismo de aislar al obrero de las ideas socialistas, más bien la censura estatal en esos tiempos terminó por legitimar la literatura socialdemócrata como una fuente de información, ilustración y politización. Dinámica que reforzó la circulación de textos prohibidos, configurando una esfera cultural oculta, conformada por redes subterráneas con el fin de propiciar la circulación de libros y periódicos. La tensión existente entre las élites intelectuales y la clase trabajadora en torno al acceso a la cultura y al conocimiento en la Rusia zarista, aquel obrero metalúrgico la evidenció al aducir:

“Que el Sr. Dadonov nos traiga algo decente, y encontraremos a quienes estén dispuestos a leer lo que se trae, y a personas sin duda interesadas en la ciencia y el conocimiento. En general, sería mejor que el Sr. Dadonov vinieran no a mirar lo que leen, sino a traer algo para leer. Si no quiere traerle esto al trabajador, que se lo traiga al campesino, que espiritualmente está diez veces más hambriento que el obrero de fábrica o de planta, y sin embargo, por esa gente hambrienta los Dadonov no están dispuestos a mover un dedo.” (Бабушкин, 1925a, p. 176)

En este sentido el “Sr. Dadonov” figura como un símbolo de aquellos representantes de la cultura oficial que, en lugar de proveer materiales de lectura útiles y formativos, se limitaban a vigilar y a controlar lo que los trabajadores leían. Bábushkin criticaría que esa actitud paternalista y restrictiva no solo frustraba las aspiraciones educativas del proletariado, sino que también invisibilizaba el hambre de conocimiento de los trabajadores del campo, quienes estaban en condiciones aún más desfavorables que los obreros fabriles. El reclamo central radica en que, para las clases populares, la necesidad de material de lectura no era un lujo, sino un asunto social y político. La crítica a “mirar lo que leen” refleja un cuestionamiento a la censura y al control cultural ejercido por las autoridades o por intermediarios que solían reforzar las jerarquías y desigualdades sociales. En contraste, la demanda de “traer algo para leer” expresa la convicción de que la educación y el acceso al conocimiento podían convertirse en una vía de emancipación. Así, desde la experiencia obrera, ese trabajador de vanguardia hizo comprender que tanto los obreros como los campesinos manifestaban una sed insaciable de cultura, pero que dicha necesidad era desatendida por los aparatos culturales oficiales. De tal manera, denunciaría no solo el abandono deliberado de las élites gubernamentales en el transmisión y circulación de la información, sino que también esclarecería la dimensión política de la cultura bibliotecaria, como exponente esencial de la lectura, en el contexto ruso de principios del siglo XX. Allí, donde el Estado y sus mediadores no estaban dispuestos a “mover un dedo” para brindar servicios dignos de lectura, los trabajadores y revolucionarios construirían sus propias redes alternativas de circulación del saber, fortaleciendo con esa dinámica revolucionaria la conciencia crítica y la solidaridad entre las clases populares. Situación que mostraba cómo la lectura clandestina era percibida no solo como un acto de aprendizaje entre el proletariado, sino como un medio de saciar esa carencia espiritual que la cultura oficial ignoraba y descuidaba intencionalmente. Trabajo cultural revolucionario que encontraba eco en las reflexiones de Lenin y en los testimonios obreros publicados en el periódico Iskra.

El señalamiento de que el campesino estaba “diez veces más hambriento espiritualmente” que el obrero, Bábushkin introdujo una categoría clave de gran valor analítico: el hambre espiritual de la clase trabajadora. Noción con la que no se referiría únicamente a la carencia de instrucción formal, sino a una necesidad de vida social, de herramientas culturales que permitieran comprender la realidad para abrir horizontes de emancipación. Tal “hambre” era, sin duda, resultado directo de la exclusión sistemática de los sectores populares de la esfera educativa y cultural, en un contexto donde el analfabetismo campesino alcanzaba niveles muy elevados y donde incluso los obreros alfabetizados se enfrentaban a una implacable censura y permanente escasez de libros sobre temas inherentes al pensamiento socialdemócrata y corrientes afines. Pero esa carencia de libros entre el proletariado no produjo resignación, sino una voluntad activa de búsqueda, en la que los libros, las bibliotecas y la lectura en el circuito secreto se asumieron como prácticas revolucionarias y como fuentes de dignidad intelectual obrera.

Iván Vasílievich Bábushkin haría una crítica aguda a las élites locales —funcionarios, clero, terratenientes y autoridades provinciales— a quienes, pese a gozar de privilegios materiales y de una formación cultural formal, les atribuyó un escaso interés por la lectura y la vida intelectual. Así, contrapone irónicamente esta apatía con la realidad de los trabajadores rusos, quienes, a pesar de sus condiciones de explotación, la falta de tiempo libre y la precariedad de recursos, mostraban un mayor interés por la instrucción y el acceso al conocimiento. De modo que señalaría la superficialidad cultural de las élites administrativas, y resaltaría la paradoja de una clase obrera que, aunque marginada social, política y económicamente, aspiraba a tener pleno acceso a los libros y las bibliotecas como medios de emancipación. De manera implícita, Bábushkin observó que el impulso hacia la lectura y la formación no provenía de las clases privilegiadas —que debían, en teoría, ser las portadoras de la cultura— sino de los sectores populares que buscaban en los libros los conocimientos necesarios para comprender y transformar su realidad social. De manera enfática, objetó:

“quisiera preguntar: ¿cuánto leen los intelectuales con cierta educación en alguna ciudad de provincias, como el jefe de policía, el agente de policía, el investigador, el sacerdote, el terrateniente, los funcionarios, los jefes de zemstvo? Se puede decir sin exagerar que están más ocupados con las cartas y la bebida que leyendo, y parece que no han recibido la misma educación que los trabajadores, disponen de muchísimo tiempo en comparación con ellos, no viven tan cerca y se alimentan mucho mejor que nosotros. ¿Por qué, Sr. Dadonov?” (Бабушкин, 1925a, p. 176)

Estas palabras de Bábushkin constituye una denuncia de clase directa a la hipocresía cultural de las élites locales rusas de esos tiempos. A pesar de su acceso a los ricos medios de producción intelectuales y a su tiempo libre que tenían para utilizarlos, las capas sociales altas mostraban un desinterés casi absoluto por la lectura y el conocimiento, ocupando sus días en actividades triviales como el juego de naipes y la bebida. Con ello, aquel obrero de vanguardia cuestionó el supuesto papel ilustrado de las clases dominantes y puso en evidencia la vacuidad de su capital cultural. La mención a los defectos de las élites ("cartas y bebida") frente a la lectura funciona como recurso persuasivo de contraste, destinado a subrayar la inversión simbólica de valores: los trabajadores, pese a su aparente desventaja en cuanto a la carencia de recursos, representaban una fuerza cultural emergente frente al letargo intelectual de los grupos dominantes de aquella época. En el contexto de la Rusia imperial de principios del siglo XX, esta observación reforzaría el discurso revolucionario que concebía a la clase obrera no solo como fuerza productiva, sino como elemento portador de conciencia de clase y cultura proletaria. En este sentido, su crítica muestra un tono subversivo: la hegemonía cultural ya no residía en los grupos privilegiados, sino que comenzaba a desplazarse hacia el proletariado, quien estaba transformando la lectura en un acto de resistencia y de afirmación política. Desde esta perspectiva, la pregunta retórica “¿Por qué, Sr. Dadonov?” es una interpelación política, pues señala que la cultura y la educación, lejos de ser monopolio de las élites, encontraban en los obreros un terreno fértil para su verdadero florecimiento. Bábushkin anticipa, en este contraste, una inversión histórica de la relación entre cultura y poder, en la que la clase trabajadora comenzaba su andadura como la portadora de una nueva conciencia revolucionaria frente a la decadencia moral e intelectual de la clase dominante.

En suma, la visión de la lectura de libros para ese trabajador fabril tuvo un doble perfil: 1] La lectura como motor de formación cultural y ascenso social para los trabajadores; y 2] La lectura como práctica revolucionaria y símbolo de lucha frente al dominio cultural de las élites. De este modo, Bábushkin anticipó una inversión histórica de los roles culturales, donde la clase obrera no solo participaba del mundo de las ideas, sino que lo reconfiguraba, cuestionando las jerarquías establecidas y situándose como protagonista de una nueva hegemonía cultural y política. Así, en concordancia a su defensa sobre la dignidad intelectual de la clase obrera urbana, mediante su denuncia de clase reivindicaría la imagen del proletariado como el verdadero portador de cultura y conciencia, anticipando su papel en la transformación social y política de la Rusia zarista.

Al subrayar la centralidad del libro en la cultura obrera rusa de principios del siglo XX, Bábushkin destacaría que incluso en condiciones de precariedad, muchos trabajadores fabriles solicitaban activamente textos —preferentemente pequeños y accesibles— y, cuando fuese posible, también pedían publicaciones prohibidas por la censura. Esta observación revela dos dimensiones: por un lado, la búsqueda de formación cultural y educativa en formatos manejables que se adaptaran a la vida laboral y a la escasez de recursos; por otro, la atracción hacia la literatura ilegal, que no solo satisfacía un interés intelectual, sino que constituía un medio de acceso a ideas críticas y revolucionarias. En este sentido, afirmaría que “entre los obreros de fábricas y plantas, no pocos acaban en servicio pidiendo que les envíen libros pequeños, y mejores, y si surge la oportunidad, incluso ilegales.” (Бабушкин, 1925a, p. 181). Esto infiere el contexto de una clase trabajadora alfabetizada o semianalfabetizada, capaz y dispuesta a interactuar con materiales escritos. La mención de estar "en servicio" podría haberse referido al servicio militar u otras formas de trabajo donde podrían tener más tiempo u oportunidad para leer. Las palabras "pidiendo que les envíen libros pequeños, y mejores" demuestran una demanda proactiva de literatura. La preferencia por libros "pequeños" era probablemente una consideración práctica, ya que eran más fáciles de ocultar y transportar en el ambiente restrictivo de la fábrica o los cuarteles. La palabra crucial aquí es "mejores", pues implica una insatisfacción con los textos rudimentarios o propagandísticos aprobados por el Estado, que a menudo consistían en panfletos religiosos o cuentos moralizantes. Los trabajadores buscaban sustancia y calidad. Y más aún, pues "si surge la oportunidad, incluso ilegales". Esto es la parte más reveladora de esa breve cita. La disposición a buscar y leer literatura "ilegal", a pesar de los riesgos inherentes de arresto y encarcelamiento en la Rusia zarista, significa una profunda radicalización. Este material "ilegal" de lectura era típicamente de naturaleza revolucionaria, incluyendo panfletos socialistas y marxistas, análisis políticos censurados y literatura que exponía la explotación de la clase trabajadora.

Finalmente, no cabe duda que Iván Vasilievich Bábushkin murió por la liberación de los obreros y campesinos a los 33 años. Por orden del general Méller-Zakomelsky, aquel quien fuese “Рабочий из рабочих” (“un obrero entre los obreros”) (Бабушкин, 1925ª, p. 181)), fue fusilado sin juicio el 18 de enero de 1906 en la estación de Mysovaya, junto con otros cinco compañeros de lucha. Dado que no reveló su verdadero nombre, sus camaradas del partido, entre ellos Lenin, no supieron de su suerte hasta 1910. Con el paso de los años, en 1926 se instaló un pequeño museo sobre él en la ciudad de Mysovaya, nombrada así hasta 1941, para luego llamarse esa zona urbana “Bábushkin” en el honor de aquel revolucionario bolchevique. Obrero de vanguardia que Lenin valoró como “un destacado dirigente del Partido, orgullo del Partido” (Lenin, 1983, p. 84). Cabe mencionar que, en enero de 1964, la Biblioteca Pública Soviética de Vólogda recibió el nombre de Iván Vasilievich Bábushkin. Con la adopción de la Carta Modelo de Bibliotecas Regionales, se le confirió el estatus de Biblioteca Científica Estatal Regional de Vologda I. V. Bábushkin.


Referencias

Lenin, V. I. (1975). “Del artículo «Carne barata para el pueblo»”. En La labor cultural y la organización de bibliotecas para las masas (p. 37). Moscú: Editorial Progreso.

Lenin, V. I. (1983). Iván Vasilevich Bábushkin (Necrología). Tomo 20. Noviembre de 1910-noviembre de 1911 (pp. 84-88). Moscú: Editorial Progreso.

Бабушкин, И. В. (1925a). “В защиту Иваново-Вознесенских рабочих”. [En defensa de los trabajadores de Ivanovo-Voznesensky]. B Bоспоминания И. В. Бабушкина: (1893-1900) [En Las memorias de I. V. Bábushkin (1893-1900] (ctp. 164-181). Ленинград: Рабочее Издательство „ Прибой».


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FELIPE MENESES TELLO

Cursó la Licenciatura en Bibliotecología y la Maestría en Bibliotecología en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Doctor en Bibliotecología y Estudios de la Información por la (UNAM). Actualmente es profesor definitivo de asignatura en el Colegio de Bibliotecología de la Facultad de Filosofía y Letras de UNAM. En la licenciatura imparte las cátedras «Fundamentos de Servicios de Información« y «Servicios Bibliotecarios y de Información» con una perspectiva social y política. Asimismo, imparte en el programa de la Maestría en Bibliotecología y Estudios de la Información de esa facultad el seminario «Servicios Bibliotecarios para Comunidades Multiculturales». Es coordinador de la Biblioteca del Instituto de Matemáticas de esa universidad y fundador del Círculo de Estudios sobre Bibliotecología Política y Social (2000-2008) y fue responsable del Correo BiblioPolítico que publicó en varias listas de discusión entre 2000-2010. Creó y administra la página «Ateneo de Bibliotecología Social y Política» en Facebook.