BIBLIOTECAS, SOCIEDAD Y ESTADO


  • Relação entre as bibliotecas, as ações dos profissionais que nelas atuam e o estado.

EL PARADIGMA PÚBLICO DE LA BIBLIOTECA PÚBLICA XVI

Los anales históricos y las corrientes teóricas de la biblioteca pública giran alrededor de dos relevantes ejes temáticos: «el público» (el trasfondo social) y «lo público» (el telón político). Según esta percepción, con bifurcaciones históricas y teóricas, la Biblioteca Palafoxiana en México solamente se aproximó, durante el siglo XVII, con escaso valor y débil importancia como una institución “abierta al público”; cuyo servicio estuvo dirigido para asistir a la comunidad letrada, especialmente para la comunidad académica del Seminario Tridentino de Puebla. Esto fue así porque, dado el contexto de la estructura social del virreinato y la exigua administración bibliotecaria que predominó en la esfera clerical de la época, su apertura estuvo sumamente restringida y limitada, incluso para la comunidad lectora religiosa a la que con preferencia estuvo destinada esa biblioteca a lo largo del régimen colonial.

 

Admitimos explícitamente que la Biblioteca Palafoxiana fue de carácter clerical en un claro entorno de enseñanza, por lo que concordamos con las siguientes ideas que expresan Carreño y Garibay respecto a ese recinto bibliográfico:

 

En siglos pasados, su acervo fue utilizado por formandos o seminaristas y formadores o sacerdotes, quienes integraban la comunidad de los colegios tridentinos de San Pedro, San Juan y San Pablo, donde se estudiaba respectivamente el latín, la filosofía, la teología y preferentemente las sagradas escrituras. […]. La Palafoxiana se ajustó a las bibliotecas de salón, ya que se trataba de un acervo dedicado a la formación y al estudio. […]. Así pues, la Biblioteca Palafoxiana se presenta como un universo de conocimientos que adquirieron los guías espirituales de los fieles cristianos. Por ello, su organización se ciñó en un primer momento a las disposiciones que regían el orden y la ubicación de los libros en las bibliotecas eclesiásticas. (2007, p. 21).  

 

Asimismo, es importante tener en cuenta que la sociedad lectora de Puebla no disfrutó de pleno acceso a la información a través de ese espacio bibliotecario novohispano, pues el establecimiento tuvo un muy limitado horario para asistir al público clerical. La inexistencia de la modalidad de estantería abierta y la prohibición  de prestar libros a domicilio fueron otras restricciones para el uso de aquella colección de “cinco mil cuerpos poco más o menos” que donó Juan de Palafox para el usufructo de la sociedad letrada, entonces residente en la ciudad de Puebla. La naturaleza de sus colecciones y el horario restringido, estipulado en la escritura que Palafox hizo el 5 de septiembre de 1946 ante el notario público del Santo Oficio de la Inquisición, Nicolás de Valdivia, sugieren pensar con bases sólidas que la Biblioteca Palafoxiana estuvo muy lejos del público en general para ser acreditada hoy en día como la primera biblioteca pública de México.

 

En concordancia con esta argumentación, no podemos estar de acuerdo cuando se  afirma terminantemente: “Con esta disposición don Juan de Palafox instituye por primera vez en México y en América el libre acceso a la información, sin ningún impedimento, disposición revolucionaria e igualitaria en esos tiempos,…” (Fernández, 2011, p. 147). Esta apreciación en realidad no parece ajustada a lo que el señor Palafox asentó en dicha escritura pública, en la que se reflejan relevantes antecedentes respecto a lo que sería y cómo funcionaría la Biblioteca Palafoxiana: la naturaleza, la cantidad, el destinatario institucional, la protección del acervo, el limitado público a quien estuvo en condición de utilizarla y el corto horario de servicio:

 

[….] hemos adquirido y juntado una librería de diversos autores, ciencias y facultades de la Sagrada Theología, Sacros Cánones, Leyes, Philosofía, Medicina y buenas letras que consta de cinco mil cuerpos poco más o menos, que al presente tenemos en sus estantes con su rejería de alambre y otras curiosidades a ella destinadas [...]. Por tanto [...] otorgamos, hacemos gracia y donación, buena, pura, mera, perfecta, irrevocable por firme contrato entre vivos a los dichos tres colegios de San Pedro, San Pablo y San Juan Evangelista y para los efectos referidos, de la dicha librería de cinco mil cuerpos poco más o menos y de todos los demás que de aquí adelante le fuéremos agregando e incorporando con sus estantes y su rejería de alambre [...] ha de estar y ser la dicha librería [...] en la sala que así está fechada y acabada en el dicho colegio de San Pedro por bienes propios, suyos y de los otros dos colegios de San Pablo y San Juan principalmente para sus colegiales y todas las demás personas eclesiásticas y seculares de esta Ciudad y su Obispado que en ella quisieren estudiar y ejercitar las letras a las horas acomodadas, desde las ocho a las once de la mañana y desde las tres a las cinco de la tarde, y copiar de los dichos libros los que les pareciere, sin que de ninguna suerte se les pueda impedir, porque, a este efecto principalmente dirigimos esta donación […]. (Torre, 1960, p. 42-44).

 

Los obstáculos, como la barrera lingüística y el nivel de conocimiento respecto a los acervos bibliográficos, la protección de los estantes con tela de alambre (rejería de alambre), la prohibición del acceso abierto a la estantería que contenían los fondos por parte de los lectores y el limitado horario de servicio para ellos, permiten argumentar que en esa época no existió en Puebla un centro bibliotecario propiamente de carácter público, sino más bien de talante cuasi público. Otro referente de particular peso específico para rebatir la opinión de que la Biblioteca Palafoxiana es la primera biblioteca pública durante los tiempos del virreinato en México, es el impedimento del servicio de préstamo de libros fuera de la misma, tal como Palafox consideró pertinente dejar asentado en el mencionado documento notarial:

 

Y prohibimos in totum  […] ni se saque libro alguno de dicha librería por vía de préstamo ni en otra manera aunque preceda licencia de los Señores Obispos que nos subcedieren ni de nuestro Venerable Dean y Cabildo en sus vacantes, de propio motivo o a instancia de particulares por cualquier título o pretexto que sea, para cuya perpetuidad protestamos impetrar breve de su Santidad con censura reservada, y la misma prohibición ponemos de que los señores Obispos muestren subcesores cada cual en su tiempo, no puedan sacar para su casa ningún libro de la dicha librería, pues tiene puertas correspondientes a nuestro Palacio Episcopal, y siendo servidos podrán con comodidad entrar y salir en dicha librería y hacemos parte formal y legítima para pedir cumplimiento de esta condición contra los transgresores de ella, a los dos Ilustres Cabildos Eclesiástico y Secular de esta muy noble y muy leal Ciudad, Rector y Thesorero de los dichos Colegios, pues mira al útil general que consiste en la conservación perpetua de la dicha Librería. (Torre, 1960, p. 44-45).

 

Para lograr una mayor autoridad eclesiástica en torno a prohibir a toda costa el sacar libros de la biblioteca y no solamente para castigar a quienes los robaran, como a veces sólo se ha inferido (Osorio, 1988, p, 38), el Papa Inocencio X expidió, a casi dos años después del donativo de esa colección bibliográfica y a demanda de Juan de Palafox, una bula pontificia. Remitido ese documento pontificio por la Cancillería Apostólica, en la parte medular sobre este asunto se consigna tal negativa y se conmina a quienes se atreviesen  a infringirla:

 

Y además, con dicha autoridad de acuerdo con el tenor de este comunicado, prohibimos y vedamos a cualquiera extraer o quitar, con cualquier autoridad, los libros mencionados, colocados en la Biblioteca de dicho Seminario, y otros de cualquier género y tema, tanto impresos como manuscritos bajo ningún pretexto, causa, razón o motivo de ésta, o que se asuma u oiga por cualquier motivo permitir o consentir que se saquen o quiten, bajo pena de excomunión ipso facto para los desobedientes sin algún pretexto válido. No obstante las disposiciones expuestas y las regulaciones apostólicas, queremos que la copia de las presentes prohibiciones, permanezca siempre pegada en las puertas de dicha biblioteca o en algún otro lugar visible donde pueda ser distinguida por todos y por cualquiera del resto de los contrarios. Dada en Roma en la casa de Santa María Mayor, bajo el año Piscatoris, el día 7 de febrero de 1648. (Traducción de Guillermo Saúl Morales Romero. Citado en Fernández, 2011, p. 149).

 

Una vez lograda la protección de ese acervo por parte de la autoridad papal, Juan de Palafox reafirmó el perfil de conservación de aquellos libros a tráves de una serie de ordenanzas, dirigidas al bibliotecario en turno para que administrara aquella biblioteca clerical conforme a la reglamentación de la época. Estas disposiciones están enumeradas de la 299 a la 310. Se trata de un conjunto de «Instrucciones» que aquel obispo escribió para el funcionamiento cerrado de la “Librería” que donó, esto es, son “normas sencillas y claras que él dictó para [la] conservación” (Torre, 1960, p. 39) de ese valioso acervo que tuvo a bien legar para favorecer en especial el estudio del clero secular y regular de la ciudad de Puebla. La tajante prohibición del servicio de préstamo de libros fuera de la biblioteca se expresa en la ordenanza número 306:

 

Ordeno que se les haga notorio a los que vinieren la censura de Su Santidad para que no puedan sacar libros de ella, ni prestados, ni de otra manera y no se deje entrar en la librería a persona alguna que sea sospechosa de que ha de contravenir estas prohibiciones y siempre esté el bibliotecario o un colegial de su satisfacción con los que estudiaren en la librería. (Torre, 1960, p. 47).

 

El mecanismo de estantería cerrada lo describió Palafox explícitamente en la ordenanza nùmero 307:

 

Así mismo, ordeno que no se abra más que un cajón o parte de donde se saca el libro o libros que hubiere menester el que usa de dicha librería, y en acabando de leer se vuelva a cerrar y que a ninguno se le dé la llave, sino que el bibliotecario o su teniente, abra, entregue el libro y vuelva a cerrar el cajón y después la librería. (Torre, 1960, p. 47).

 

Inferimos en este sentido que este prototipo conservador de servicio bibliotecario contradice la ordenanza número 299 de Palafox: “Una de las cosas que he juzgado por muy necesarias en estas Provincias y Obispado, es una librería pública y común, en donde los pobres y otros que no tienen copia de libros puedan cómodamente estudiar […].” (Torre, 1960, p. 46). Es posible que por esta disposición populista se asevere: “Sabido es que donó su biblioteca a su querida diócesis de Puebla de los Ángeles en 1646, con la condición de que estuviese abierta al público, y no restringida para los eclesiásticos y seminaristas, lo que nos da una idea, nuevamente, de su talante abierto y de adelantado en su tiempo.” (Fernández, 2003, p. 43). En esta contextura, el espíritu palafoxiano osciló entre lo abierto y lo cerrado de la biblioteca. ¿Hubo la necesidad de privar a la comunidad usuaria de una plena biblioteca abierta en afán de cuidar los acervos destinados al uso del colectivo, incluidos los pobres? Se sabe que la Biblioteca Palafoxiana, desde su fundación, se constituyó para servir a una porción pequeña de la población (Cortés, 2012, p. 77), esto es, para favorecer a lectores estudiosos, doctos, ilustrados, instruidos, sabios y cultos. De modo que el “pueblo”, de donde habitualmente surgen los pobres, debió quedar muy al margen de la oportunidad de acceder al servicio de esa institución bibliotecaria novohispana. El ideal “democrático y revolucionario” palafoxiano se colisionó no solamente con sus propias contradicciones sino con la realidad engendrada por la estructura socio-política del régimen virreinal. La naturaleza clerical de esa biblioteca debió funcionar así como perfecto filtro para relegar a todas aquellas personas que no formaban parte de la sociedad letrada, conformada entonces peculiarmente por los diversos grupos del clero.              

 

Como podemos entrever, y no obstante que el uso de “dicha librería” fue el primordial fin que tuvo esa donación, el principio de conservación predominó, siendo reforzado por las funciones de protección y vigilancia. La figura del bibliotecario-custodio, celoso vigilante del acervo, fue el modelo perfecto de Palafox. De modo que “el deseo de mantener incólume su rico fondo” (Torre, 1960, p. 39) a través de prácticas restrictivas de uso, contradice en gran medida su “voluntad de abrir la biblioteca a toda persona que lo requiera” (Fernández, 2011, p. 146). Así, se superpuso el espíritu de la guarda y custodia de esos fondos bibliográficos novohispanos al valor de la libertad de lectura en torno a esos libros al no permitir el acceso a la estantería ni el préstamo de los mismos a domicilio o al exterior del recinto. Razón por la que valorar a la Biblioteca Palafoxiana como biblioteca pública en tiempos del México colonial, es como estimar que esta categoría de servicio bibliotecario existió durante la Edad Media. Afirmar la existencia de bibliotecas públicas en el contexto del régimen virreinal es tratar de amoldar a esa biblioteca poblana en un completo marco de servicio al público que no podía evolucionar a tal grado. Por lo que aceptar la apreciación que venimos analizando, implica ignorar y transfigurar el funcionamiento social de la biblioteca pública como entidad cultural de servicio público para el pueblo.  

 

Más aún, es verdad que esa Biblioteca poblana concretó un tenue acercamiento de servicio bibliotecario «al público», pero no a «lo público», ya que la administración bibliotecaria colonial de esa institución continuó celosamente a cargo de funcionarios eclesiásticos y no precisamente de empleados públicos. De tal manera que ese espacio de estudio y lectura siguió siendo, en consecuencia, financiado con los fondos de la clerecía o miembros de ésta y no con los del erario de la autoridad civil.

 

Referencias

 

Carreño, Elvia; Garibay, Jorge. (2007). Las palabras de dios y los textos del hombre. En Biblioteca Palafoxiana: de lo sagrado a lo profano. Puebla: Gobierno del Estado de Puebla, Secretaría de Cultura. pp. 17-27

 

Cortés, Amado Manuel. (2012) La Biblioteca Palafoxiana: entre el orden y lo sublime. En Garone Gravier, Marina (Ed.). Miradas a la cultura del libro en Puebla: bibliotecas, tipógrafos, grabadores. Libreros y ediciones en la época colonial. México: Gobierno del Estado de Puebla; Educación y Cultura; Instituto de Investigaciones Bibliográficas, UNAM. pp. 72-93   

 

Fernández de Zamora, Rosa María. (2011). Don Juan de Palafox y Mendoza, promotor del libre acceso a la información en el siglo XVII novohispano. Investigación Bibliotecológica. 25 (54): 141-157

 

Fernández Gracia, Ricardo. (2003). Palafox y su pasión por los libros. Artes de México. (68): 39-43

 

Torre Villar, Ernesto de la. (1960). Nuevas aportaciones acerca de la Biblioteca Palafoxiana. Boletín de la Biblioteca Nacional. 2ª época, 11 (1): 35-66


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FELIPE MENESES TELLO

Cursó la Licenciatura en Bibliotecología y la Maestría en Bibliotecología en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Doctor en Bibliotecología y Estudios de la Información por la (UNAM). Actualmente es profesor definitivo de asignatura en el Colegio de Bibliotecología de la Facultad de Filosofía y Letras de UNAM. En la licenciatura imparte las cátedras «Fundamentos de Servicios de Información« y «Servicios Bibliotecarios y de Información» con una perspectiva social y política. Asimismo, imparte en el programa de la Maestría en Bibliotecología y Estudios de la Información de esa facultad el seminario «Servicios Bibliotecarios para Comunidades Multiculturales». Es coordinador de la Biblioteca del Instituto de Matemáticas de esa universidad y fundador del Círculo de Estudios sobre Bibliotecología Política y Social (2000-2008) y fue responsable del Correo BiblioPolítico que publicó en varias listas de discusión entre 2000-2010. Creó y administra la página «Ateneo de Bibliotecología Social y Política» en Facebook.