BIBLIOTECAS, SOCIEDAD Y ESTADO


  • Relação entre as bibliotecas, as ações dos profissionais que nelas atuam e o estado.

LA RESPONSABILIDAD PÚBLICA DEL PERSONAL BIBLIOTECARIO

Hasta aquí hemos reflexionado en torno a una importante gama de responsabilidades correlativas del personal bibliotecario, a saber: la técnica, la social, la política, la cívica, la ciudadana, la democrática y la republicana. Es momento ahora de pensar en la responsabilidad pública de quien hace funcionar las instituciones bibliotecarias, atributo o facultad donde gravita esa variedad de cometidos en las diversas coordenadas de la sociedad y del Estado.

El aspecto público en torno al quehacer bibliotecario se aprecia en las primigenias bibliotecas públicas que se crearon en las antiguas civilizaciones grecolatinas. Empero, la responsabilidad pública del personal bibliotecario en tiempos modernos comienza a delinearse en la contextura de las bibliotecas cuasi públicas que empezaron a desarrollarse a partir de los siglos XVII y XVIII en algunos países (Inglaterra y Estados Unidos), tales como las bibliotecas parroquiales, bibliotecas itinerantes, bibliotecas circulantes, bibliotecas de suscripción y bibliotecas sociales (Meneses, 2014: 12). Categorías que sirvieron como telón de fondo a las primeras bibliotecas públicas que iniciaron su andadura a mediados del siglo XIX. Los pioneros (Thomas Bray, Samuel Brown, Melvil Dewey y otros) de aquellos servicios semipúblicos de biblioteca pusieron en práctica el importante elemento que hoy lo consideramos como un precepto que característica el funcionamiento de toda biblioteca: el servicio de préstamo de libros al público dentro y fuera del recinto bibliotecario. Así, la tríada «biblioteca, préstamo y público» se configuraría como un eje esencial con respecto al funcionamiento eficazmente responsable.

Recordemos que el servicio de préstamo de documentos al público, normado mediante un reglamento de biblioteca, tiene poco tiempo en relación con la existencia de esta institución documental. Si tenemos en cuenta el origen y desarrollo de las más antiguas bibliotecas con acervos de tabletas de arcilla, halladas en las civilizaciones sumeria, mesopotámica y otras, podemos afirmar que las bibliotecas son instituciones milenarias, y por mucho tiempo el préstamo de documentos a los lectores o usuarios se limitó dentro de las salas de lectura para algunos miembros privilegiados de los grupos dominantes. No olvidemos la larga etapa medieval en donde surgieron las colecciones de libros encadenados (libri catenati) a los atriles de lectura. Al respecto se dice:

Tales libros encadenados no podían emigrar de los estantes más allá de la longitud de la cadena. Su problema se limitaba a la esfera determinada por sus cadenas. Ciertamente, tal encadenamiento era más propicio para la preservación que para el uso de los libros. De hecho, las bibliotecas eran entonces consideradas, no como organizaciones para promover el USO de los libros, sino como instituciones para preservarlos. (Ranganathan, 2006: 1-2).

Así, el servicio bibliotecario de préstamo al público con muchos esfuerzos apenas alcanza poco más de siglo y medio de existencia. La gestión-administración relacionada con los «servicios al público» es una noción moderna, pues en esta contextura “el espíritu de exclusión persistió durante siglos” (Ranganathan, 2006: 77). La transición o transformación de la «biblioteca para el uso privado» a la «biblioteca para uso institucional» y de estas formas a la «biblioteca para el uso público» en general es una manera de descubrir y justipreciar, en cierto modo, el potencial de la responsabilidad pública del personal bibliotecario activo de hoy en día. Si consideramos que la biblioteca pública hodierna apenas se origina paulatinamente en el siglo XIX, es posible inferir que la biblioteca privada, en sus diferentes modalidades y en las diversas coordenadas de tiempo y espacio, reinó durante mucho tiempo. Con respecto a las bibliotecas institucionales (monásticas, catedralicias, reales, universitarias y otras), creadas a través de los siglos por los grupos social, política e ideológicamente predominantes, el “uso público” en sus salas de lectura y estudio es cuestionable por la cantidad de personas que eran beneficiadas. Por esto se asevera que “la idea del servicio gratuito de libros para todos se ha desarrollado sólo en el último siglo. Antes de eso, el servicio de libros estaba generalmente disponible sólo para unos pocos” (Ranganathan, 1968: 25).

La historia del préstamo de libros a domicilio, en el contexto de las bibliotecas, es un relevante pasaje de la historia contemporánea de los libros y las bibliotecas que a veces se omite o pasa inadvertido para los historiadores, a pesar que este proceso se observa como la responsabilidad fundamental de la biblioteca moderna, por lo que la institución bibliotecaria se ha venido sopesando como «una infraestructura para el préstamo de libros». Desde esta perspectiva, “cualquier otra función, incluida la conservación bibliográfica, se considerará secundaria” (Bandino, 2000: 8). Este punto de vista nos ayuda a comprender que el servicio de préstamo al público, en sala y a domicilio, es uno de los fundamentos que caracteriza a las bibliotecas como instituciones relevantes de servicio al público, es decir, de acceso público y de uso público en relación con el recurso biblioteca-información. Así que la primera ley ranganathaniana «los libros son para el uso» es la que debe predominar, como responsabilidad pública, en la práctica bibliotecaria presente para reemplazar así la noción tradicional que influyó por mucho tiempo: «los libros son para la conservación» (Ranganathan, 2006: 2).

Desde mediados del siglo XX el connotado bibliotecario británico, Lionel R. McColvin, aseveró, en su obra The chance to read: public libraries in the world today, que los objetivos, los ideales y los métodos de la biblioteconomía pública debían ser explotados por el personal bibliotecario para beneficiar al público; para relacionar los libros con la vida de la gente que usa la biblioteca, por lo que para lograr éxito en torno a este cometido el personal, como el factor más responsable de esta institución social, necesitaba asimilar un amplio conocimiento de los libros y la vida; consecuentemente esta biblioteconomía debía implicar una dedicación al servicio público (McColvin, 1956: 49). Así, el préstamo de libros a domicilio, junto con el sistema de acceso abierto a las estanterías en el marco de las bibliotecas formalmente para todos, son los procesos más revolucionarios y democráticos que se han puesto en práctica con el fin de aumentar la oportunidad pública de leer.

Pero a pesar del desarrollo de la biblioteca como institución al servicio del público durante el siglo XX y el siglo que transcurre, el uso de la gama de servicios al público en los diferentes sistemas bibliotecarios continúa limitándose a esa parte minoritaria denominada como «público real». En tanto el «público potencial» sigue siendo un reto para el personal bibliotecario, y ni que decir del «no público», categorías de tipos de público que Asta infiere al escribir:

La consecuencia es una especie de estructura piramidal de tipos de público con diferentes niveles de educación, trabajo, consumo cultural y condiciones sociales: en el vértice encontramos al público real, la categoría de sujetos que, a causa de su nivel educativo, cultural y económico, tienen un contacto permanente con las infraestructuras educativas y culturales, y para quienes el acceso a las infraestructuras es el adecuado. En un nivel más bajo está el público potencial, que representa un alto porcentaje del total; en la base de la pirámide encontramos al no público.

La meta que persigue el proceso de transformación de la biblioteca es cortarle la punta a la pirámide y convertirla en círculo, en el que cada uno consiga acceder a las capas culturales no utilizadas hasta ese momento, sean académicas o no, a todo el mundo y crear en el público una nueva relación de participación. (Asta, 2000: 121-122).

De modo que la responsabilidad pública del personal bibliotecario trasciende, durante el siglo XX, en torno al postulado: «las bibliotecas son para todos», el cual está estrechamente relacionado con la segunda ley del famoso bibliotecario indú Ranganathan (2006: 74) que dice «los libros son para todos», aunque tergiversada o mal interpretada esa ley en varios escritos como «cada lector su libro». La cualidad “para todos” se relaciona, según este mismo autor, con la idea «servicio de libros gratuitos para todos», atributo orientado por varias fuerzas sociales, entre ellas las adheridas al pensamiento sociológico y al pensamiento político. La primera refleja una tendencia que apunta hacia un paradigma socialista de la sociedad, es decir, “el servicio de libros debe ser gratuito porque los más pobres de la comunidad deben tener tanto servicio de libros como los más ricos”; la segunda fuerza emana de la práctica política responsable a cargo del Estado, el cual está obligado a proporcionar dicho servicio libre de todo pago. Asimismo, “la fuerza social de la educación universal”, se sostiene con el «servicio universal de libro», servicio gratuito para todo el público (Ranganathan, 1968: 27).

Naturalmente que estas ideas fundamentales se relacionan con el papel que desempeñan las bibliotecas públicas dirigidas a los lectores generales, puesto que éstas son la base de la pirámide de todo sistema bibliotecario nacional. Empero, estas premisas pueden y deben ser fortalecidas mediante todos los tipos de instituciones bibliotecarias que funcionan para satisfacer las necesidades sociales del público, para que así nadie quede relegado ni olvidado. En el documento, disponible en Internet, sobre el «Acceso y oportunidades para todos: cómo contribuyen las bibliotecas a la Agenda 2030 de las Naciones Unidas» se expresa:

Las bibliotecas médicas, de hospitales y otras bibliotecas son proveedoras esenciales de acceso a la investigación médica que respalda mejores resultados en materia de salud pública. El acceso público a la información sobre salud en todas las bibliotecas ayuda a la gente a estar mejor informada sobre su salud y a mantenerse saludable.

Y así podríamos encontrar argumentos en relación con muchos otros grupos y sistemas de bibliotecas especializadas, escolares, académicas y nacionales. Uno de los desafíos del personal bibliotecario en todos estos contornos de servicio al público es lograr la transformación del público potencial en público real y activo (Asta, 2000: 122). Más ahora que en algunos contextos la falta de apoyo a las bibliotecas, ante la seria rivalidad que representa la Internet, se está tornando en una situación que pone en constante riesgo el debido desarrollo de estas instituciones de información bibliográfica.

Los pensamientos democráticos «las bibliotecas son para todos» y «los libros son para todos» antes mencionados, permiten distinguir la figura del bibliotecario público desde una dimensión social, circunscrita al papel que debe desempeñar la biblioteca pública como una institución al servicio para todos. Pero cuando sugerimos que esos postulados pueden vigorizar el servicio público en las esferas de otros sistemas bibliotecarios que se hallan dispersos, por ejemplo, en los diferentes poderes públicos y administrativos del Estado, estamos aludiendo a la dimensión política del bibliotecario público como servidor o funcionario público al servicio del Estado, es decir:

Todo bibliotecario, vinculado con el complejo ejercicio de las tareas que realiza la administración pública, es un bibliotecario público por el hecho que él es un funcionario público. Es decir, este tipo de empleado de biblioteca es un trabajador al servicio del Estado; por lo tanto, es un «empleado público» o «servidor público», quien no solamente atiende bibliotecas públicas, sino también bibliotecas de otros tipos (escolares, académicas, especializadas y nacionales) que se hallan diseminadas en los diversos aparatos concernientes al sector público. Desde esta perspectiva, el concepto que nos atañe adquiere un amplio significado en el sentido que el bibliotecario público es un sujeto de responsabilidad en el marco del servicio público de biblioteca. Se trata de observar, desde esta arista, el servicio de biblioteca como el indispensable servicio público en los tres niveles geopolíticos del Estado: el federal, estatal y municipal (Meneses, 2014a: 198).

En este sentido, el concepto de bibliotecario público comprende el quehacer que este ciudadano realiza en relación con “el público” (dimensión social) y “lo público” (dimensión política). La estrecha relación de estas dimensiones es lo que dificulta entender con precisión y claridad estos puntos de vista cuando se carece del conocimiento sobre ciencia política, administración pública y teoría del Estado. Consecuentemente, cabe recalcar: la responsabilidad pública de quien hace funcionar los diferentes tipos de bibliotecas entrañan enfoques inmanentes tanto de la sociología como de la ciencia política. Alcance que rebasa, desde muchos puntos de vista, el campo cognitivo de la «biblioteconomía pública» (McCook, 2011), pues esta se limita al estudio concerniente a la práctica tradicional de la biblioteca pública.

Referencias

Asta, G. (2000). Enseñar al público a ser sujeto activo. En G. Asta y P. Federighi, editores. El público y la biblioteca: metodologías para la difusión de la lectura. (pp.121-129). Gijón, Asturias: Ediciones Trea.

Bandino, S. (2000). “Prefacio”. En G. Asta y P. Federighi, editores. El público y la biblioteca: metodologías para la difusión de la lectura. (pp.7-10). Gijón, Asturias: Ediciones Trea.

McColvin, L. R. (1956). The chance to read: public libraries in the world today. London: Phoenix House.

McCook, K. P. (2011). Introduction to public librarianship. 2a ed. New York: Neal-Schuman Publishers.

Meneses Tello, F. (2014). Bibliotecas y divisiones de clases: las bibliotecas cuasi públicas en el sistema burgués británico durante los siglos XVIII-XIX. Información, Cultura y Sociedad. (31), 11-28.

---------------. (2014a) Las dimensiones social y política del bibliotecario público. En J. M. Orozco Tenorio, A. Cobos Flores, R. Ruiz Figueroa, compiladores. Memoria del Foro Nacional de Profesionales de la Información “Prospectiva de la profesión bibliotecaria: visiones y aproximaciones”. (pp. 194-207). México: Escuela Nacional de Biblioteconomía y Archivonomía.

Ranganathan, S. R. (2006). The five laws of library science. Reprinted. Bangalore: Sarada Ranganathan Endowment for Library Science.

---------------. (1968). Philosophy of free book service for all. En S. R. Ranganathan, A. Neelameghan, A. K. Gupta, editors. Free book service for all: an international survey. (pp. 24-36). India: Mysore Library Association by Asia Publishing House.


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FELIPE MENESES TELLO

Cursó la Licenciatura en Bibliotecología y la Maestría en Bibliotecología en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Doctor en Bibliotecología y Estudios de la Información por la (UNAM). Actualmente es profesor definitivo de asignatura en el Colegio de Bibliotecología de la Facultad de Filosofía y Letras de UNAM. En la licenciatura imparte las cátedras «Fundamentos de Servicios de Información« y «Servicios Bibliotecarios y de Información» con una perspectiva social y política. Asimismo, imparte en el programa de la Maestría en Bibliotecología y Estudios de la Información de esa facultad el seminario «Servicios Bibliotecarios para Comunidades Multiculturales». Es coordinador de la Biblioteca del Instituto de Matemáticas de esa universidad y fundador del Círculo de Estudios sobre Bibliotecología Política y Social (2000-2008) y fue responsable del Correo BiblioPolítico que publicó en varias listas de discusión entre 2000-2010. Creó y administra la página «Ateneo de Bibliotecología Social y Política» en Facebook.